viernes, 3 de octubre de 2008

Libro: PROYECTO A.E. CAPÍTULO 23

CAPÍTULO 23. LA FUGA.

Los agentes Preston y Child miraban el partido medio aburridos. Su equipo favorito iba perdiendo y, ciertamente, ya era costumbre que lo hiciera.

- Estos tíos se dedican a firmar autógrafos, hacer anuncios y correrse unas buenas juergas en vez de dedicarse a jugar al rugby como es debido – soltó Child-

- Hoy en día ya no respetan nada. Sólo saben pedir más dinero y luego al salir al campo, tocarse los huevos – secundó Preston-

Child asintió a su compañero y volvió a posar su mirada en la tele. Durante un rato no hablaron nada nuevo, hasta que Preston miró su reloj y volvió a dirigirse a su compañero:

- Me voy abajo a sustituir a Michael. Debe de andar mosqueado. Se me ha pasado y llevo media hora de retraso.

- ¡Bah!, en cuanto esté aquí arriba y se siente a comer algo se le pasará. No te preocupes. Le gusta más zampar que quejarse.

Entre risas, el agente se dirigió a las escaleras que conducían a las celdas mientras pensaba en los extraños inquilinos que “acogían” hasta su traslado. Le resultaba increíble que esos tíos fueran capaces se asesinar a una chica en su propia casa, salir por la puerta como si nada y luego irse a matar a otras dos personas en una zona industrial. Tampoco le encajaba que dichos individuos plantasen cara a la poli en una batalla perdida de antemano y, aún así, llevándose unos cuantos por delante. Si añadía que los detenidos en cuestión parecían no existir, la cosa mejoraba. Las huellas no aparecían en ninguna base de datos, ni siquiera en las del FBI ni la CIA. Todo eso le olía a chamusquina. Las personas así sólo podían ser espías o algo peor. Tanta intriga le daba dolor de cabeza. Como si no tuviera ya bastante con el detective O´Hara apretándoles las tuercas para que tuvieran sumo cuidado con los apresados – pensó-. ¿Qué iban a poder hacer? Los habían registrado de arriba abajo, incluso buscaron en sus rectos y orificios genitales en busca de posibles objetos que les sirviesen de armas o como medio para abrir las celdas. Cubrió el último tramo que le separaba del sótano y sus pensamientos tuvieron un súbito revés al encontrarse una escena inesperada. Entre asustado y asombrado sacó su arma y apuntó hacia una de las celdas gritando:

- ¡¡Suéltalo tía!! ¡¡Suéltalo o te vuelo la cabeza!!

La aludida sonrió mientras apresaba con una porra el cuello del agente Michael, que con la cara roja por la falta de aire, intentaba sin casi fuerzas soltarse. Otro de los presos también apuntaba a su vez al agente Preston con el arma del desafortunado policía.

- No creo que se encuentre en disposición de darnos órdenes agente – dijo López-, como puede observar no posee ninguna ventaja. Si no suelta el arma su compañero morirá asfixiado, y de paso, aquí mi certero amigo le pegará un tiro entre ceja y ceja. Usted decide.

Durante un minuto que se hizo eterno Preston dudó, pero aturdido por la cada vez más amoratada cara de su compañero, optó por dejar el arma en el suelo lentamente. Después levantó sus manos sin quitarles el ojo de encima a los presos. Con un gesto de cabeza, López indicó a Vanesa que soltase al policía, el cual cayó al suelo aspirando con dificultad todo el oxígeno que podía. Ortiz se acercó al otro agente sin dejar de apuntarle. Cuando estuvo a su altura le abrió la cartuchera del cinturón que contenía las esposas con una mano y le ordenó ponérsela en una de las muñecas. Preston obedeció con una rabia contenida en la mirada.

- Chicas – ordenó López-, levantad a ese capullo y esposadlo a su compañero.

Obedeciendo, levantaron al asfixiado guardia y lo condujeron junto con el otro, esposándolo a la argolla que quedaba libre. Acto seguido Ortiz cogió las esposas de éste último y les ordeno poner las manos que les quedaban libres a la espalda, lo más atrás posible. Cuando hubieron alcanzado, no sin cierto esfuerzo, la posición que les decían fueron esposados en la ya de por sí incómoda postura. Situándose a sus espaldas, Ortiz y Vanesa hicieron andar a los policías a punta de pistola, seguidos de López y Yurena. Recorrieron las escaleras de ascenso con lentitud pero sin ánimo de frenarse, manteniéndose siempre tras el improvisado escudo humano. Los policías comprobaron con desilusión que su compañero Child no se había percatado de nada, ni siquiera de sus presencias, hasta estar casi a su altura. Sobresaltado se levantó bruscamente echando mano de la pistola, pero una voz le hizo frenarse:

- Yo que tu amigo no haría eso. A menos claro que quieras bañarte en los sesos de tus amigos.

- Nunca saldréis con vida de la comisaría – dijo mientras soltaba el arma sobre la mesa-. Aún os queda atravesar un vestíbulo lleno de polis que os coserán a tiros en cuanto puedan.

- Bueno, yo sin embargo creo agente… - y mirando López la placa del hombre continuó- … Child, que ya han perdido bastantes hombres como para arriesgarse a dejar morir a tres más. Así que le sugiero que sea un buen chico y en vez de tocarnos los cojones con sus amenazas, se saque las esposas y se ate a ese radiador de ahí. Si oímos un solo ruido o una voz de alarma, les dispararemos a estos dos y luego volveremos para pegarle un tiro a usted. ¿Me explico con suficiente claridad?

- Sí señor, como el agua – contestó con frustración mientras se dirigía al radiador para hacer lo que le ordenaban.

- Buen chico – dijo entre risas Vanesa-

Yurena miró el reloj de pared que había en la habitación. Marcaba las 11 y media de la mañana. Como corredores a punto de escuchar el pistoletazo de salida, los tres esperaron interminablemente hasta que fuera el momento. Volvieron a mirar el reloj. Las 12 menos 20. El segundero no había sobrepaso el límite de los 15 segundos cuando con varias fluctuaciones de energía, la luz acabó yéndose. Fue la señal esperada. Apretando las armas los 2 policías, reanudaron la marcha dirigiéndose hacia la puerta. Al abrirla, apareció ante ellos un no muy largo pasillo lleno de puertas iluminado débilmente por las luces de emergencia. López y Yurena no dejaron de vigilar sus espaldas, en busca de posibles sorpresas, pero con un claro sabor de triunfo llegaron al vestíbulo sin problemas. La imagen allí se presentaba bien distinta. Una veintena de policías y algunos civiles buscaban interrogantes una explicación a la repentina partida de la energía eléctrica. Varios se asomaban por las puertas de la calle comprobando que el apagón era generalizado al menos en aquella zona. Muchos móviles sonaron, sobresaltando a sus dueños y recibiendo de posibles familiares o amigos la noticia de que no había corriente en toda la ciudad. Otros conversaban por el walkie con cara de preocupación. El caos propio de la situación empezó a adueñarse del lugar y de pronto, una voz firme y contundente resonó en la estancia:

- ¡¿Pero qué coño está ocurriendo aquí?!

Uno de los agentes más cercanos a las escaleras que daban al piso superior intentó explicarle al Detective O´Hara la situación, creyendo que se refería al apagón. Sin embargo, sorprendido, vio como éste desenfundaba su arma y apuntaba con ella hacia el otro extremo del vestíbulo. Perplejo y extrañado giró la cabeza en la dirección de la pistola junto con la mayoría de sus compañeros y presentes, para descubrir con severa incredulidad a 4 presos escudados por dos de los guardias encargados de vigilarlos. En un solo instante una veintena de armas dirigían la boca de sus cañones hacia el mismo lugar que la del Detective. Entonces se hizo un silencio sepulcral, tan sólo roto por los bocinazos de los vehículos del exterior y las voces de los desconcertados ciudadanos.

Proyecto A.E. copyright © Airam Noda Gómez