viernes, 3 de octubre de 2008

Libro: PROYECTO A.E. CAPÍTULO 22

CAPÍTULO 22. LA OTRA GRUTA.

No sabía cuanto tiempo había transcurrido desde el último interrogatorio. Le dolía el cuerpo de los severos golpes recibidos y aunque había logrado resistir sin decir nada, comenzaba a perder la fe y las fuerzas. El habitáculo en el que le habían encerrado no tenía luz. Las paredes, al tacto, resultaban frías y abruptas. Eran de roca húmeda, como si hubiera sido escavada en la misma montaña. El frío le calaba los huesos. Procuraba moverse alrededor del pequeño recinto, intentando que no se le entumecieran los miembros. La quinta vez que pasó junto a la única puerta creyó oír pasos. Pegó la oreja para escuchar mejor. Los pasos se hicieron más nítidos. Como si tuviera un resorte se apartó instintivamente de ella. Se escuchó un ruido electrónico y la puerta se abrió con un siseo. La luz exterior lo cegó unos instantes mientras se cubría con las manos. En el umbral, los dos guardias lo observaban divertidos.

- Bueno, bueno – se escuchó decir a uno- Parece que ya toca otra sesión de interrogatorio. Ya sabes el procedimiento Max. Contra la pared y manos a la espalda.

Sin decir nada Max obedeció. Sintió como las esposas magnéticas que le ponían entumecía sus muñecas, extendiéndose hasta sus manos. Un guardia lo agarró por el brazo y lo sacó de la celda con paso firme. El otro guardia se colocó en el lado contrario para sujetarle el brazo que quedaba libre. Sumiso, se dejó llevar por el pasillo. Por el camino Max veía como se les cruzaban personas ataviadas con uniformes muy distintos a los de la empresa. Se preguntaba si aún seguía en las instalaciones de T.E.T. SL. Sabía que preguntarles a aquellos gorilas era inútil, pues ya lo había intentado en otras ocasiones con ningún éxito. Los carceleros siempre se limitaban a conducirlo a la sala de interrogatorios, reírse de él y mirarlo con desprecio. En pocos minutos llegaron al último tramo del camino, que por lo que pudo descubrir, no era el mismo que en anteriores ocasiones. Al llegar a la puerta de su destino, ésta se abrió sin necesidad de llave magnética ni código alguno. En su interior esperaban 2 personas más vestidas con sendas batas rojas. Había un sillón de metal en el centro y varias mesas que cubrían las paredes del frío laboratorio. En las mesas, instrumentales de extensa variedad reposaban inertes. Max comenzó a sudar. Uno de los guardias sacó su arma y lo apuntó. El otro se limitó a ponerse a su espalda y le quitó las esposas. El del arma, sin dejar de apuntarle, le ordenó sentarse en el sillón. Una vez hecho los hombres de las batas activaron los grilletes magnéticos del asiento para sujetarlo. Los guardias desaparecieron entonces por el umbral de la puerta y esta se cerró tras ellos. Con nerviosismo Max observó a los supuestos médicos mientras trajinaban en una de las mesas. Intentó en un vano esfuerzo liberar manos o pies. Los médicos habían regresado junto a él. Portaban un extraño aparato cada uno, terminado en dientes afilados. No hacía falta adivinar para que servia aquello y pronto se sintió mucho más incómodo de lo que ya se encontraba. La voz que escuchó lo sobresaltó:

- Me presentaré. Soy el Dr. Ramírez y éste – dijo uno de ellos señalando a su compañero-, es el Dr. Méndez. Quiero que sepa que no estamos aquí para infringirle daño alguno Sr. Gomda. Aunque ello dependerá de su nivel de cooperación. El señor Fleitas personalmente se ha referido a usted con mucho odio y de una manera muy desagradable. Sin embargo, nosotros no compartimos esos sentimientos hacia su persona. Somos hombres de paz, dispuestos siempre al diálogo. ¿Comprende lo que le digo?

- Vamos – contestó Max-, que o les digo lo que quieren saber o me harán cirugía experimental. Sí, les entiendo perfectamente. De todos modos “doctor”, permítame que le diga que esa manera tan hortera de hacerme partícipe de sus ideas me parece de una gilipollez integral. No nos andemos con más rodeos y hagan lo que tengan que hacer. No les diré una mierda.

Sorprendidos, los doctores se miraron mutuamente y luego fijaron su atónita mirada en el Sr. Gomda. El que no había abierto la boca, habló entonces:

- Sinceramente, nos entristece su actitud. Quizás cuando haya perdido un par de dedos esté más dispuesto a cooperar.

Ambos “cirujanos” pusieron en marcha las sierras, las cuales llenaron de un estridente sonido la habitación. Max cerró los puños mientras acercaban aquellos dentados instrumentos a sus manos. Con rapidez uno apagó su aparato y procedió a ponerlo sobre una bandeja que sobresalía del metálico sillón. Agarró la mano derecha del “paciente” intentando abrírsela. No resultaba tarea fácil, el miedo o quizás la ira hacían que Max se resistiera con todas sus fuerzas. El sudor resbalaba copioso por su rostro. La fuerza ejercida por el médico en su intento comenzaba a dar sus frutos, la mano empezaba a abrirse lentamente. Ya podía sentir el dolor de del inminente corte. Sólo se repetía una y otra vez para sí que debía resistir, pero su mano ya casi no le obedecía, sintiendo que el médico conseguía abrírsela del todo. Con horror vio como el otro doctor acercaba la sierra hacia sus dedos y de pronto dejó de ver. Durante segundos que le parecieron horas, su cerebro tardó en asimilar lo que había ocurrido e instintivamente su pierna izquierda se alzó, haciendo contacto en uno de los médicos. Se oyó un gemido agudo y el golpe de algo metálico al caer al suelo. Su mano derecha, dolorida por el esfuerzo, asió la sierra de la bandeja mientras unas manos oprimían su cuello. Con un movimiento brusco acertó a clavarla en algo y la presa en el cuello cesó. Entonces Max se levantó y tal como se había ido, la luz volvió a encenderse, dañando sus ojos un instante. Habituado de nuevo a la luminosidad reinante, comprobó el cuerpo sin vida del médico que había logrado abrir su mano, con la sierra clavada en la cabeza. Más alejado de su posición, el otro se retorcía en el suelo con las manos entre las piernas. Sin dudarlo, Max le propinó un puntapié en el estomago, haciendo que el ya maltrecho personaje se quedase sin respiración. Como pudo, lo agarró para quitarle la bata y tras incorporarlo, lo arrastró hasta el sillón que él mismo había ocupado hacía unos instantes. Activó los grilletes para sujetarlo. Acto seguido procedió a revisar las mesas que cubrían las paredes de la habitación. Cogió un bisturí y lo introdujo en el bolsillo de la bata. Siguió buscando hasta toparse con la imagen de un desencajado personaje. Su reflejo en el espejo no presentaba buen aspecto. Procedió a lavarse la cara en el lavabo que tenía a la altura de la cintura y como pudo, intentó peinarse lo mejor posible el alborotado cabello. Cuando consideró que su aspecto denotaba cierta mejoría, continuó la inspección, pero aparte de aparatos quirúrgicos demasiado grandes o llamativos para llevarlos con disimulo en la bata, no encontró nada. Desistiendo por fin puso rumbo hacia la puerta. Cuando estuvo cerca ésta se abrió con un siseo dejando al descubierto el pasillo por el que lo habían llevado allí. No había rastro de los guardias ni de ninguna otra persona. Con prudencia primero y más seguridad después, se dedicó a andar por los desiertos pasillos. Tras dar unos cuantos rodeos oyó voces a la vuelta de la siguiente esquina y pegándose a la pared, no se atrevió ni a respirar. Poco tardó en escuchar el siseo de una puerta y las voces fueron perdiendo fuerza. Asomó la cabeza por el borde con cautela justo a tiempo de contemplar como terminaban de cerrarse unas puertas dobles. Encima de ellas un letrero de cierto tamaño rezaba HANGAR 02. Muy despacio y atento por si escuchaba nuevas voces, se dirigió hacia las susodichas puertas. Al observar que no se abrían en su presencia, se percató de que tenían cierre de seguridad. Maldiciendo se quedó un rato pensando y mirando de un lado a otro con nerviosismo. Al final, auto sancionándose por su torpeza, cayó en la cuenta de la tarjeta identificativa que colgaba de su bata. Desprendiéndola, procedió a pasarla por la ranura situada en uno de los extremos de las puertas, las cuales se abrieron con el siseo característico. Al otro lado un ancho pasillo doblaba a la derecha a pocos metros. Desde el fondo llegaban lejanos retazos de lo que parecía una conversación. Con sumo cuidado y sigilo, doblo la esquina tras comprobar que no hubiera nadie. Ante sí un largo pasillo se extendía, desembocando en lo que parecía un recinto más grande. Anduvo un buen rato hasta conseguir alcanzar dicho recinto. Las voces llegaban ahora más nítidas, aunque amplificadas. Muy despacio y agachándose tras unos contenedores, Max quedó atónito. Tenía delante una gruta escavada en la roca, muy parecida a la que tenían en el nivel -2 del TET, pero infinitamente más pequeña. Aún así su tamaño era colosal. Asombrado por la sorpresa inicial tardó unos minutos en posar la vista en las personas que se encontraban hablando. Junto a ellos, un enorme aparato que jamás había visto se alzaba majestuoso ocupando gran parte del lugar. Su diseño resultaba extraño, no se parecía a nada de lo que había construido el ser humano y eso lo inquietó sobremanera. En un esfuerzo por centrarse, fijó su atención en los que hablaban junto al desconocido artefacto. Reconoció a Fleitas y a la traidora de Paula. A Fleitas se le notaba nervioso:

- ¡No me jodas Paula! – le oyó exclamar- Debemos tener todo listo cuanto antes. La repentina aparición de Max puede ser un aviso. Los demás pueden también haber conseguido regresar.

- También puede ser que sea el único que sobrevivió. Podría ser que López no fracasara del todo. En la fotografía encontrada por él aparecían Sara y Max. Seguramente los demás estén muertos y por el camino, también pudo ser que Sara no lo consiguiera. Te preocupas por nada.

- ¿Por nada? Escúchame bien porque sólo te lo diré una vez. ¡Me juego mi futuro en esto! Cualquier amenaza o posible contratiempo tiene que haber sido borrado del mapa y si tú no te tomas en serio la operación, tendré que incluirte en esa lista de cosas a eliminar. ¿Te ha quedado lo suficientemente claro?

Con el semblante serio y contrariado, la chica asintió. Luego, sin decir nada le dio la espalda a Fleitas y, junto con varios guardias, se encaminó hacia el pasillo por donde Max había entrado. Con sumo cuidado éste fue separándose de su actual posición, ocultándose mejor entre las numerosas cajas y containers que lo rodeaban. Agazapado y en silencio, observó como la chica y los hombres se internaban en el mencionado pasillo. Una vez pasado el peligro volvió su mirada hacia Fleitas, el cual conversaba con un grupo de guardias y lo que parecía ser varios científicos a los que no había visto nunca. Sopesando la situación, llegó a la conclusión de que fuera lo que fuese aquel aparato, no se encontraba en las instalaciones de T.E.T. SL.

Proyecto A.E. copyright © Airam Noda Gómez